miércoles, 9 de junio de 2010

Una joya arrumbada

 

Enrique Galván-Duque Tamborrel
Julio / 2008
 

 

Quien ha llegado a edad, ponga el sentido
en dejar que quien viene atrás mancebo
pase por el camino que ha venido.
Lope de Vega

 

 

Hablando muy en serio, los ancianos deben rescatarse, porque hoy están solos y anquilosados en el umbral de la aniquilación.  La obsesión de obtener únicamente la eficiencia que domina a la sociedad actual, inmersa ésta en un mundo globalizado que carece de valores y con la única preocupación de hacer capital al ritmo del Internet, ha dejado a los ancianos a la orilla del camino y los considera un problema, un estorbo.

Lo que sucede es que nadie se detiene a reflexionar sobre este asunto que es de vital importancia para la estabilidad de valores de la familia y por ende de la sociedad, considerando que aquella es la célula de ésta.  En la actualidad los hijos tienden a despreciar y hasta sobajar a los abuelos, sin darse cuenta que son la real integración familiar, por ello las familias se están desintegrando y la sociedad se degrada.

Por avance de la ciencia, que es tan importante, tanto que ha contrarestado y superado a todos los males producto del ambiente contaminado en que se vive actualmente.  Mientras, la sociedad que persigue el éxito a costa de lo que sea, y no digamos su beneficio, mantiene marginados a los ancianos, considerándolos una carga.

Actualmente, y principalmente en donde los ritmos de vida son a la velocidad de los cohetes y del Internet, predomina el factor eficiencia, mismo que provoca que los ancianos se encuentren solos, con la única meta de su aniquilamiento por la impotencia en la que se encuentran inmersos.  Están arrinconados, como estorbosos triques viejos, abandonados, aunque sea que estén en familia, lo que hace más degradante el hecho.

Esta situación definitivamente degradante en que viven –si a esto se puede llamar vida--  no pocos ancianos, es necesario, ¡imprescindible!, revertirlo, transformándolo en un algo positivo para toda la sociedad.  Los ancianos poseen por sí mismos valores inconmensurables que indiscutiblemente pueden significar una ayuda invaluable para que ésta pueda contemplar con esperanza el presente y el futuro, recordando aquello de que: como te veo me vi y como me ves te verás.

Los ancianos son actores principales de los ideales y valores de toda sociedad, situación que son norma de toda convivencia humana.  Su experiencia –más sabe el diablo por viejo que por diablo--  les brinda la capacidad de comprender las más complejas vicisitudes de la vida, por su experiencia misma, a la vez que les permite vislumbrar y prevenir futuras causa por errores posibles, tan comunes en la sociedad actual, principalmente en los jóvenes que son muy dados a querer comerse al mundo sin medir sus pasos y consecuencias.

Los jóvenes, incluso, miran al anciano con admiración y confianza cuando en él reconocen un modelo a imitar y una persona prudente a la que consultar las cuestiones importantes de la vida. Esto sin importar lo viciosos e irresponsables que parezcan esas "tribus complejas" plagadas de los nuevos comportamientos juveniles.

Es imperiosamente necesario promover una educación cuyo objetivo sea, fundamentalmente, el respeto al anciano, y que sepa valorar sus potencialidades.

Los ancianos, bajo el lema: "Envejecer es el único medio de vivir más tiempo", pero no sólo por vivir, sino para hacer acopio de toda la experiencia que la vida nos da y encaminarla a traspasarla a los que nos siguen.  La vejez es un tiempo favorable en que las personas enriquecidas y maduras por la experiencia adquirida  a través de la vida pueden rendir un amplio tributo a la misma retribuyéndosela en las la figura de su descendencia.

Todo esto nos debe hacer reflexionar en la importancia de procurar a los ancianos el debido respeto y la necesaria confianza que les permita expresarse, sintiéndose acogidos y amados; y no sólo "recogidos" y tolerados soberbiamente por los "buenos hijos".

 

Advertid, hijo, que son
las canas el fundamento
y la basa do hace asiento
la agudeza y discreción

Cervantes

 

 



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