miércoles, 3 de febrero de 2010

La formación

Por: Querien Vangal

Febrero / 2008

 

Nadie puede tener toda la ciencia en su cabeza. Se conocen personas que quieren conseguirlo y es admirable su esfuerzo y aquello que pueden lograr, pero desafortunadamente no lo pueden tener todo en la memoria. En el siglo XV y XVI se conseguía saberlo todo, pero a base de mucha esfuerzo y sincero deseo. Muestra de ello es el gran Leonardo Da Vinci, el hombre universal: pintor, escultor, científico - estudios de anatomía, botánica, vuelo de aves… - ingeniero, músico. El saber humano era aún pequeño, y era posible abarcarlo. De igual forma en el siglo XVIII se logró hacer un compendio de toda la sabiduría conocida por medio de la enciclopedia. Era relativamente fácil estudiarla. Resultaron veintiocho volúmenes de todo el saber humano. No fue tarea muy complicada.

 

Si antes se logró, ¿por qué ahora no? Lógicamente todos nuestros saberes ya están escritos, pero ahora es sumamente difícil que un hombre lo pueda saber todo; ya que la ciencia y la técnica han dado pasos gigantescos en el siglo pasado y continúan dándolos.

 

Si una persona logra ser arquitecto es probable que pueda estudiar también medicina. Podrá de igual forma sacar su título de abogado, pero… ya se le está acabando la vida. Ha logrado cubrir tres campos del saber, pero es muy poco para saberlo todo.

 

En medio de tantos gritos (moda, libertad, dinero, naturaleza, deporte…) hay uno que es más sonoro y aún así sobresale por encima de los otros, este es el de la formación.

 

Para no ser un extraño en este mundo es necesaria la formación. Somos hijos de nuestro tiempo y debemos estar en él con conciencia de lo que somos. No es correcto tomar una actitud indiferente, apática. Por eso vemos que esta tendencia a tener una buena formación es cada día más común y corriente. No se necesitan muchas técnicas ni métodos para comprender lo importante que es.

 

La mayoría de las personas lo saben y viven dándole gran importancia a esta realidad. Pero, ¿saber por saber? No. La clave está en saber saber. En medio de tanta información te ahogas, es necesario aprender a saber. Miles de datos giran alrededor de nosotros: cifras, estadísticas, esquemas, resultados, aspectos comprensibles, etc. Todo esto es llamativo y sería muy interesante tenerlo bajo nuestro dominio, pero a veces estamos expuestos a ser un objeto manipulable por información externa y quizá errónea.

 

Cada persona que quiera progresar, que quiera ser útil en esta vida tan corta que tenemos, debería tener su propio "firewall" a ejemplo de los usuarios de Internet. Nadie te va a formar, tú mismo eres quien debes formarte, eres tú quien te construyes poco a poco utilizando aquellos materiales que más te sirvan.

 

Como persona humana somos únicos; Dios nos ha dotado de cualidades y depende de nosotros el fruto que de ellas resulten. Dios también nos ha dado libertad para decidir nuestros intereses, cuál será la carrera, cuáles serán nuestros estudios, y todo depende en el por qué y por quién lo hagamos. Lo que nos realizará no serán los actos que realicemos para y por nosotros, sino lo que hagamos por Dios y por nuestros hermanos, los hombres.

 

Hacen falta personas preparadas, no personas que saben mucho, sino personas que han sabido aprender. No personas que sólo estudian para su propio provecho, sino personas que son conscientes de que a su lado hay otros seres humanos que le piden una mano de ayuda. No es simple filantropía, es ley natural, es la forma de vivir junto a los otros seres que también han sido pensados por el creador.

 

Esto parece una invitación como muchas otras: lo es, y está de nuestra parte aceptarla, está de nuestra parte ser personas a la que se les puede agradecer. Tu formación depende de ti, pero recuerda que no sólo es para ti, ¿acaso no habrá otro faro que ilumine un mundo lleno de tanta oscuridad?




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Exhumar un cadáver es delito...

 

¡Pero tirarlo a la basura no!

 

Por: Antero Duks

Diciembre / 2008

 

Comentaba hace unos días, con un grupo de amigos, las incongruencias que contienen algunas –no pocas por cierto--  leyes judiciales en nuestro muy querido país. 

 

Hace varios meses –marzo para ser exacto--, organizó la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), una mesa de discusión sobre "La sentencia definitiva sobre la acción de inconstitucionalidad 146/2007 y su acumulada 147/2007".

 

El Centro Universitario fue el lugar en donde distinguidas personalidades como el Lic. Jaime Inchaurrandieta Sánchez Medal, la Lic. Emilia Montejano Hilton, Víctor Manuel Montoya Rivero, Carlos Sánchez Mejorada, y el Dr. José Antonio Núñez Ochoa, se dieron cita para comentar la sentencia definitiva promulgada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN).

 

Esta reunión es la primera de las acciones que este grupo de personas, que defienden la vida, lleva a cabo a manera de respuesta ante la resolución de la Corte. De manera breve, concisa y simple, los ponentes explicaron las contradicciones cometidas por cinco de ocho Ministros, que apoyaron la "legalización del aborto".

 

Entre los diversos puntos que se abarcaron para defender la vida, las palabras del Lic. Jaime Inchaurrandieta "exhumar un cadáver es un delito, pero eso sí, tirar a la basura una vida está permitido", fueron una forma clave de ejemplificar lo que está pasando en nuestra sociedad.

 

Asimismo, el Lic. Inchaurrandieta dejó en claro que a pesar de que para muchos un ser de 12 semanas sea una "nada jurídica", el deshacerse de una vida es un crimen que atenta contra nuestras garantías individuales.

 

Otro tema a tratar fue que es un hecho que nuestra Constitución reconoce el derecho a la vida como fundamental e inalienable. Sin embargo, con argumentos infundados como el considerar al embarazo forzoso sinónimo de esclavitud, aseguran que la mujer que no quiere tener un hijo se está convirtiendo en esclava.

 

A éste último, se le suman otros argumentos, aún más inválidos y que únicamente apelan al sin sentido. Por poner un ejemplo, está el sustento de la Ministra Olga Ramos, quien mediante un deplorable razonamiento, afirma que uno de los motivos por los que debería de permitirse el aborto, es el hecho de que las mujeres engordan, y una vez que esto pasa ya no son queridas por sus maridos. 

 

También dentro de la mesa de discusión se manifestó que los abortistas pretenden basarse en las disposiciones de que la mujer puede hacer lo que sea con su cuerpo. Sin embargo, el bebé al que está alojando no es parte de su cuerpo, y no tiene forma de defenderse, por ello la mujer que decide abortar está ejerciendo violencia de la manera más traicionera posible, pues ataca a un bebé que es totalmente dependiente a ella.

 

En cuanto al punto anterior, debemos de tomar en cuenta que el ser humano no posee un cuerpo. Dicho de otra forma, el cuerpo no es una "posesión", y es que el ser humano en sí mismo es un ser corpóreo, por ello la mujer no puede disponer de algo que no posee.

 

Esto de "ser dueños de nuestros cuerpos" es un engaño que hemos aceptado, un juego de palabras que engañan a la mujer diciéndole que tiene y puede hacer lo que quiera con un cuerpo que no tiene… que en todo caso "es".

 

El panel de la mesa no dejó de lado que los grupos abortistas no tienen ningún respeto por la dignidad humana, pues para ellos el aborto es un negocio que sigue poniendo en riesgo la vida de las mujeres.

 

Con la legalización del aborto en el DF, se permite que miles de bebés mueran, y que las clínicas abortistas, con pésimas condiciones de salud, ejerzan su negocio dentro de la ley.

 

Pero a pesar de que la batalla en contra del aborto aún no está ganada, es de admirarse que se lleven a cabo esfuerzos, como la perseverancia y tenacidad de este grupo de personas a favor de la vida, quienes no se ven quebrantadas ni siquiera por sentencias ya finalizadas.

 

La esperanza de lograr el cambio es algo latente, y si cada vez más personas se unen a esta misión, es probable que se pueda hacer entrar en razón a los que, al parecer, la perdieron.

 


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De los libros prohibidos

 

Por: Antero Duks

Febrero / 2008

 

La Iglesia católica a mediados del siglo XVI, basada en el derecho de custodia en sus fieles, la integridad de la fe y el desarrollo de las buenas costumbres dedicó parte de sus esfuerzos a eliminar aquellos textos considerados perniciosos. De aquí se derivó el cuidado y vigilancia que ejerció sobre las ideas y doctrinas que están escritas en los libros, para prohibir aquellos que atentaban contra los principios esenciales de la doctrina cristiana e influían en la vida de sus seguidores.

 

El organismo que, dentro de la administración eclesial, se ocupó de este asunto fue la Congregación del Índice de los libros prohibidos, instituida por el Papa Pío V (1566-1572) en 1571. Paulatinamente se fue conformando esta Congregación, y en el lustro 1585-1590 estuvo compuesta por varios cardenales y un prefecto que atendieron los delicados asuntos de los libros: revisaron las obras impresas a través de los consultores, dígase teólogos y profesores de las ciencias acreditadas, atendieron las denuncias sobre los libros sospechosos, y negaron o aprobaron la circulación de los textos que consideraron dañinos para la fe y la moralidad de los cristianos, y que quedaron registrados en dicho catálogo.

 

Paulo IV (1555-1559) ordenó a los inquisidores que elaboraran un índice de los libros prohibidos. En él se señalaban las sanciones a las que se hacían acreedores quienes los leyeran o editaran. Estas consistían principalmente en la excomunión, que incapacitaba a los creyentes para obtener los oficios y beneficios eclesiásticos y los condenaba a infamia perpetua. El índice estaba compuesto por tres partes: la primera señalaba los nombres de los autores, la segunda los libros proscritos y la tercera los títulos de los libros anónimos.

 

Antes de que apareciera la imprenta, el control de escritos se hizo por medio de los decretos que la Iglesia emitía con carácter de censura. En estos mencionaba aquellos documentos cuya lectura prohibía por considerarla peligrosa. Años más tarde el Papa Alejandro VI (1492-1503) obligó, bajo tremendas penas, a los impresores de Colonia, Maguncia, Treveris y Magdeburgo a someter a la previa censura de la legítima autoridad eclesiástica, todo cuanto pretendían editar. Con ello se aseguraba, en parte, el control total de los libros perniciosos.

 

Más tarde, bajo la autoridad del Papa León X (1513-1521), se pensó en elaborar el índice de libros prohibidos, marcando el inicio de estos catálogos cuyo contenido eran las obras proscritas por la Iglesia. Notables son los Índices de Venecia (1543) y el de Lovaina (1546). Luego debido al control de la Iglesia, cada vez mayor en el mundo occidental, aparecieron otros en España Colonia, París y Florencia.

 

En el universo de los libros censurados, la Inquisición o Santo Oficio jugó un papel preponderante. Esta institución se originó en el pontificado de Gregorio IX (1227-1241) con el propósito de cortar la herejía de los albigenses, cátaros y otras sectas y, al mismo tiempo, contar con un organismo que velase por la salud espiritual de los fieles.

 

La Inquisición fue conocida en España antes del reinado de Fernando e Isabel, ya que en 1478 el Pontífice Sixto IV (1471-1484) autorizó se escogieran dos o tres varones probos que hicieran los trabajos de inquisición en cualquier parte de España. En 1480 por Cédula Real del 17 de septiembre, quedó establecido el Santo Oficio, y en 1483, fray Tomás de Torquemada fue nombrado primer Inquisidor General.

 

De España se transfirió a estas tierras el concepto de Santo Oficio con sus funciones específicas, y el 27 de junio de 1535 fue nombrado fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, Inquisidor de la Nueva España. Después fueron nombrados otros inquisidores cuyas funciones, paulatinamente, definieron y afirmaron como lo exigía el entorno político social y religioso en el que se desarrollaban estas tierras. Los inquisidores trataron siempre y fundamentalmente, de impedir que se propagaran los errores contra la fe y las buenas costumbres.

 

En un principio el Santo Oficio mexicano tomó medidas para evitar, en cuanto fuera posible, entrasen los libros que propagaban, sobre todo la herejía luterana en estos reinos de la Nueva España. Las medidas adoptadas de cuidadosa vigilancia sobre los libros que venían de España, no evitó la introducción y circulación de los textos prohibidos, pero sí logró aminorar el número de éstos.

 

Para controlar las entradas al país de estas ediciones se ordenó a los comisarios que al arribar los barcos se hiciera un examen minucioso de los libros que llegaban. Se dio instrucciones a los revisores de las aduanas, que pidieran a los dueños de los libros una lista detallada de los mismos y que cotejaran ésta con aquellos. Si se detectaba algún libro de dudosa ortodoxia se enviaba a los calificadores del Santo Oficio para su evaluación y posible censura. Allí el libro era examinado por dos o más censores; si se consideraba inofensivo se devolvía a su dueño, de lo contrario era condenado a ser expurgado y se le retenía hasta tanto hubiera sufrido la debida censura. Esta tarea consistía en tachar algún párrafo o texto del libro con el fin de limpiarlo de errores morales y dogmáticos.

 

Ciertamente había licencias, dadas por el Santo Oficio, para retener libros prohibidos in totum según las circunstancias meritorias. En los conventos que gozaban de estas licencias, dichos libros se guardaban en una estancia se- parada de las otras que se conocía con el nombre de "infiernillo" para indicar lo indeseables y perniciosas que eran tales ediciones.

 

La atracción por lo prohibido

 

Los poseedores y lectores de estos libros siempre se las ingeniaron para evitar al Santo Oficio y poder conservar los libros prohibidos, sobre todo en el siglo XVIII. Los eclesiásticos, los particulares, los mercaderes, los libreros, los funcionarios del gobierno y los médicos, fueron fundamentalmente quienes deseaban obtenerlos con más frecuencia.

 

La categoría de los libros prohibidos era tasada según criterios sostenidos por la Iglesia, en la Constitución "Divini Gregis"emitida el 24 de marzo de 1564 por el Papa Pío IV(1559-1565). Estas normas se sostuvieron vigentes hasta 1929 y fueron la base para etiquetar los libros prohibidos señalados en los 30 índices publicados desde 1590 a 1948. Tres índices salieron en el siglo XVI, otros tres en el siglo XVII; siete en el siglo XVIII; seis en el siglo XIX, y once en el siglo XX.

 

Las diversas categorías de los libros prohibidos se hallan enumeradas en las 16 reglas que, a partir de 1640, figuran en los índices de libros prohibidos de España.

 

Las 16 reglas pueden resumirse en cuatro grupos: el primero contempla las obras contrarias a la fe católica, es decir los escritos heréticos que se ocupan de los dogmas y la moral cristiana; en este apartado se incluyen los textos de la Sagrada Escritura con corte polémico, escritos en lengua vulgar. El segundo grupo abarca las obras que tratan sobre nigromancia y astrología que fomentan la superstición y los falsos valores morales; en este apartado se hallan también los libros que tratan cosas lascivas y de amores que dañan directamente las costumbres cristianas. El tercer grupo contempla todas las obras publicadas sin nombre del autor, impresor y sin señalar el lugar y la fecha de edición, y que contengan doctrinas dañinas para la fe y moral cristiana. Finalmente, el cuarto grupo comprende a las obras completas o fragmentos de ellas, y que atentan contra la buena reputación del prójimo, sean eclesiásticos o civiles.

 

La Iglesia, defensora de la fe de sus súbditos, se preocupó desde los primeros siglos de su existencia de impedir que circularan tanto los escritos o piezas documentales como los libros, que dañaran la fe y moralidad católica. El Santo Oficio o Inquisición fue el organismo que, originándose en Europa, vino a la Nueva España para sostener los criterios empleados en España.

 

Los países no siempre se apegaron a loa criterios indicados por la Iglesia y en ello tuvo que ver mucho la relación estrecha o distante entre el rey y el pontífice.

 

Los libros prohibidos, catalogados en los diversos índices, señalan el fuerte interés que tuvo la Iglesia porque el libro no fuera portador de doctrinas dañinas que afectaran las creencias y el mundo espiritual de los fieles.

 

En la historia del libro y también en la historia de la imprenta, no faltará la presencia de la Iglesia Católica como árbitro que señala la ortodoxia o heterodoxia de los impresos; los primeros para que puedan circular sin obstáculos y los segundos para condenarlos y evitar que llegaran a las manos de los fieles cristianos.

 

Los libros que abordaban temas de fe o de costumbres en las diversas épocas de nuestra historia tuvieron que pasar, en su mayoría, por la censura de la Iglesia. Ésta como protectora y fiel custodia de la fe se consideraba con el deber de que ningún libro pusiese en peligro y en duda la doctrina de Jesucristo o que dañase las buenas costumbres marcadas por la tradición y los mandamientos de la Ley de Dios. El mundo de los libros prohibidos y los índices de éstos, responden precisamente al papel de madre y maestra que la Iglesia ha jugado, no obstante los incontables acuerdos y desacuerdos entre los autores a través de los siglos acerca de este tema.

 

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viernes, 15 de enero de 2010

Revaluemos a la familia para salvar a la sociedad

Por: Querien Vangal

Enero / 2008

 

Cuando una sociedad comienza a perder sus valores, podemos empezar a hablar de su agonía. Los rasgos de esa agonía son fácilmente identificables: aumento de la violencia intrafamiliar, inseguridad social, matrimonios deshechos, hijos abandonados, embarazos de adolescentes, irresponsabilidad, abortos, suicidios, drogadicción… Es una agonía triste y trágicamente dolorosa.

 

Cada uno de esos factores no son abstractos sino que tienen nombres y apellidos concretos; a veces los vemos en la televisión, otras veces los escuchamos en la radio, otras más los leemos en la prensa o, quizá, conocemos casos de personas o familias si no es que nosotros mismos lo estamos viviendo.

 

¿Qué está detrás de esta agonía? La crisis de las virtudes y de los valores. Virtudes y valores como el respeto, la justicia, la fuerza de voluntad, la unidad, la responsabilidad, la continencia, la madurez, la esperanza y muchas otras están a la baja no porque hayan perdido su valía sino porque se les ha vaciado de sentido, se les ha relegado o se la hecho aparecer como aburridas o anticuadas.

 

Ciertamente la crisis de los valores no es algo aislado, es la consecuencia de algo aún más profundo: la crisis de la familia. Y es que si la familia está mal, todo en la sociedad lo estará pues la familia es su núcleo vital, su centro natural. Natural porque, lo sabemos, sólo de la unión de un hombre con una mujer nace una nueva vida. Si la raíz del árbol está mal, lo estarán también el tronco, las ramas y las hojas.

 

La familia es una escuela de virtudes y valores; en ella aprendemos las nociones del bien y del mal, del respeto, la madurez, la ecuanimidad, la coherencia, el amor, etc. ¡Recordemos, tengamos presente la belleza de la familia, lo que supone la unidad familiar! No podemos perder el sentido del aprecio hacia esa belleza que nos hace valorar más a la verdadera familia.

 

¿Quién no se siente edificado por esas familias donde el padre y la madre se aman fielmente y con detalle? ¿Qué padre o madre no experimenta el dulce sabor interior al escuchar por vez primera el "papá" o "mamá" del hijo que empieza a balbucear sus primeras palabras? ¿Cuántos hijos hemos agradecido la cercanía de nuestros padres en los momentos de dolor y alegría, justo cuando los necesitábamos? ¿Cuánto hemos aprendido del testimonio vivo de nuestras familias desde la tierna infancia? ¿Quién no valora la caricia materna, el consejo de papá, la cercanía de los hermanos, el afecto de los abuelos, la amistad de los primos, el amor de la esposa, el apoyo de los tíos, la filial y sana dependencia de los hijos?

 

Conforme han ido pasando los años, muchas de las sanas costumbres y perennes valores han decaído a consecuencias de un falso progreso. Las consecuencias más visibles de esa herida a la familia las estamos viviendo en nuestra sociedad al grado de hablar incluso de esta agonía.

 

¿Todo está perdido entonces? No, no lo está. ¿Qué se puede hacer? ¿Cómo se puede actuar? Es verdad que las agonías son la antesala de la muerte, pero no es menos verdad que los milagros existen. Y en el caso concreto del tema de la familia nosotros podemos ser copartícipes y protagonistas de ese milagro que necesita nuestra sociedad, que necesita el mundo.

 

Es un deber apoyar iniciativas que diseñen, promuevan y propongan políticas públicas integrales para la atención de la familia, esa familia que va desarrollándose por descendencia, por grados de parentesco (es decir, por personas que sin descender unas de otras, proceden de un tronco común; primos, tíos, abuelos, etc.), por afinidad (el contraído por el matrimonio, entre el varón y los parientes de la mujer y viceversa) y el civil que nace de la adopción. Apoyar a la familia es apoyarnos a nosotros mismos y a todos los hombres pues todo estamos incluidos en una relación de familia vivamos o no juntos en el mismo domicilio.

 

Apoyar a la familia no es cuestión de ideologías, credos religiosos o pertenencias políticas. La familia es la raíz del árbol frondoso de la vida humana que está en riesgo de secarse y no podemos permitirlo pues su muerte supondría la nuestra. De ahí también que cualquier iniciativa ideológica, religiosa y política, mientras lleve la impronta de la verdad y de la búsqueda del bien común, sea siempre bienvenida.

 

La gran mayoría de los países desarrollados cuentan con un Instituto Estatal para la Familia. Un apoyo real y eficaz es la búsqueda e institución de un organismo de este tipo en nuestros lugares de origen para garantizar el cuidado de la familia. No podemos dejar que unos pocos decidan por el bien de la mayoría, eso sí sería totalitarismo. Quienes han tenido tristes experiencias familiares en sus vidas deben comprender que la inmensidad de los habitantes de una ciudad, estado o país, queremos que se defienda nuestro derecho a gozar y disfrutar de la belleza de una familia; tenemos el derecho a que el milagro de la familia se prolongue por siempre.

 

Así como hay reservas ecológicas donde se defiende la naturaleza, debemos abogar por la defensa de ese otro medio ambiente más inmediato en el que nos desenvolvemos todos los días. ¡Necesitamos una reserva para la familia! Esa reserva es todo el mundo, nuestro único hogar. Hagamos el milagro de la familia defendiéndola. No estamos solos.

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Responsabilidad del Presidente

Por: Enrique Galván-Duque Tamborrel

Enero / 2008

 

 

Durante casi todo el siglo pasado, aunque la Constitución consignaba la división de poderes y se hablaba de Estados soberanos y municipios libres, los mexicanos con uso de razón sabían que el Presidente decidía quienes iban a ser diputados, senadores y gobernadores. Hasta en el más lejano y pobre municipio, una recomendación presidencial era suficiente para que una persona ocupara la alcaldía.

 

En aquel México, de un presidencialismo absoluto, todo lo bueno, lo malo, los aciertos o fracasos, eran responsabilidad del Presidente de la República. Crecimiento, empleo, inflación y devaluación eran atribuibles a las decisiones del Presidente en turno. A partir del Gobierno del Presidente Fox se empieza a practicar en la realidad la división de poderes, que antes era letra muerta.

 

Ya no existe una lista de candidatos a diputados, senadores y gobernadores del partido en el poder que palomea el Presidente. Las decisiones presidenciales están acotadas por los miembros del legislativo, del poder judicial y de los gobernadores.  En otras palabras, Fox lideró un cambio notable en ese aspecto de la política mexicana, indiscutiblemente un cambio importantísimo.  FINALMENTE FUNCIONAN AUTÓNOMAMENTE LOS TRES PODERES DE LA UNIÓN.

 

Esa realidad política implica que ya no podemos, como en el siglo pasado, únicamente aplaudir al Presidente cuando hay un avance económico, tampoco considerarlo el único responsable cuando hay fracasos. El que se logre un mayor crecimiento ya no depende exclusivamente de las acciones del poder ejecutivo, también de las leyes que se aprueban o rechazan en el poder legislativo.

 

La aprobación de un presupuesto inflacionario o desequilibrado es definitiva en los aumentos de precios y tasas de interés. Las decisiones del Poder Judicial, las leyes emanadas del poder legislativo y las políticas implementadas en los diversos Estados de la República son ahora de suma importancia para el rumbo del país.

 

El futuro de México ya no está sólo en manos del Presidente Felipe Calderón, también en las de los legisladores que aprueban o desechan reformas y de los gobernadores que apoyan u obstaculizan cambios que nos permitan ser más competitivos a nivel internacional y lograr un mayor crecimiento y empleo.

 

 

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Reforma cuestionada

Por: Antero Duks

Enero / 2008

  

Desde que llegó la Libertad de Expresión a nuestro país, los medios se han dado vuelo en criticar y cuestionar a las autoridades en un contexto de subjetividad, tal como lo reconociera Ferris de Con en su programa radiofónico en cadena nacional.

 

El hecho de que la información que se vierte es subjetiva, implica que el ciudadano que recibe este bombardeo de mensajes se encuentre vulnerable para conocer la veracidad de lo que se informa. Se enfrenta al reto de discernir si lo que escucha corresponde a la realidad que vive este país o a los intereses de quienes tienen de su lado el micrófono y las cámaras.

 

Como en todo negocio, cuando los intereses de los inversionistas se ven amenazados, su naturaleza los lleva a defender su posición y la posibilidad de tener jugosas ganancias. En este caso, los medios cuentan con la ventaja que implica tener la sartén por el mango para verter sus opiniones e influir en el público que día a día recibe su señal.

 

Un ejemplo particular es el de TV Azteca cuando hizo una anticampaña a Casa Sada, refiriéndose al supuesto abuso en el precio y el suministro de las medicinas que se consumen en este país. Con una actitud ajena a la ética, omitieron decir que Casa Sada estaba entrando al negocio de las Telecomunicaciones en México y que ese hecho les representaba una amenaza.

 

Hoy los autonombrados "líderes de opinión" se alinean en una "defensa frontal de la libertad de expresión y del sistema democrático que tanto nos ha costado construir en este país...", pero no mencionan los miles de millones de pesos que están de por medio por concepto de espacios propagandísticos contratados por los partidos políticos y por los particulares.


 ¿De verdad lo hacen por amor a México, o es una más de sus tomadas de pelo a la sociedad mexicana?

 

Más vale que nos informemos de los temas que se discuten en el Senado y en la Cámara de Diputados, de manera puntual y objetiva, y nos formemos un criterio en torno al trabajo y el voto de los Legisladores, y no en torno a las diversas opiniones que se vierten en los medios. Este país requiere de ciudadanos adultos, capaces de forjarse su propia opinión. Este país es mucho más que Radio y TV.





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¿Qué implica ser solidario?

 

Por: Querien Vangal

Enero / 2008

 

 

Es algo que se elige, igual que hay que decidir qué causas, de las muchas justas que existen, puedo apoyar.

 

De vez en cuando, es higiénico preguntarse algo tan obvio como qué significa ser solidario.

 

No cabe duda que se trata de una pregunta incómoda, porque según cómo, uno puede llegar a la conclusión de que no lo es y eso puede despertar la mala conciencia.

 

Si por solidario se entiende estar implicado activamente en una ONG, realmente son muy pocos los ciudadanos solidarios, pero si ser solidario significa pagar religiosamente los impuestos, entonces prácticamente todos los ciudadanos adultos son solidarios, pero no por amor al prójimo, sino por imperativo legal.

 

La auténtica solidaridad comienza, entre otras cosas, con realizar bien nuestro propio trabajo; el de cada día. Consiste en apostar por la excelencia y, a la vez, por una labor socialmente responsable.

 

Ser solidario no es un hecho puntual, ni una aventura de verano, sino un compromiso tenaz, constante con la propia labor que a uno se le ha encomendado. Si uno no hace bien su tarea, eso tiene siempre efectos en la tarea de los otros y la primera norma de solidaridad consiste en sentirse estrechamente unido a los otros y en comprender que lo que yo no realizo correctamente afecta, directa o indirectamente, a los otros.

 

La primera solidaridad con el prójimo empieza, pues, en hacer bien nuestro trabajo.

 

Los que creemos en el buen trabajo no dudamos de las posibilidades que ello tiene para poder ir cambiando el mundo.

 

Otros entienden que el trabajo es un puro modo de subsistir, un modus vivendi, pero no un ámbito de transformación de la realidad. Entonces se sienten llamados a hacer algo gordo, extravagante para lavar la mala consciencia y seguir viviendo.

 

La solidaridad entendida como experiencia puntual es un puro fraude, una excusa para salir airado del examen de la consciencia.

 

Ser solidario significa tomar consciencia de que las cosas y los hechos pueden ser distintos de cómo son. Como tal, la solidaridad lleva implícita la referencia a la elección. No se puede imponer, tampoco se puede exigir, pero se puede esperar de las personas que toman consciencia de la realidad en que viven.

 

Se refiere siempre al compromiso con el otro, trata de seres humanos y no de gestionar cosas, ideologías, credos y ortodoxias. La actitud solidaria supone entender y comprender que, bajo la superficie de la apariencia, de lo políticamente correcto, laten situaciones inhumanas disfrazadas de verdades incuestionables.

 

La auténtica solidaridad implica aprender a no confundir. Para criticar las causas que dan lugar a tener que ser solidarios hay que empezar, en primer lugar, por conocerlas, saber por qué y cómo se producen tales situaciones sobre todo para no perpetuar con determinados argumentos y soluciones lo que se pretende abolir.

 

La solidaridad que deseamos supone trabajar para conseguir buenos ciudadanos. Es preciso inculcar en ellos buenas costumbres a través de buenas leyes. Aquí la educación, los medios de formación de masas y una legislación con instituciones adecuadas son elementos claves y determinantes.

 

La auténtica solidaridad nos hace sentir la impotencia de no poder abrazar todas las causas hacia la que apuntan los Derechos Humanos, aunque todas ellas nos indignen. El hecho de que existan muchas causas y no podamos atender e interesarnos por todas no es razón para desmovilizarnos y paralizarnos.

 

Al contrario, esto es lo que hace que nuestra responsabilidad y nuestro compromiso nos obligue a vivir la solidaridad a través de elección y de la amistad. Lo que nos impide ayudar a todos es lo que nos permite que socorramos y nos solidaricemos con unos pocos.

 

Quizás ésta es la terrible paradoja de la solidaridad, escoger entre dos alternativas: la de querer abarcar todo y no centrarse en nada ni en nadie o la de la elección y selección que siempre supone elegir y excluir a otras causas igual de dignas y urgentes que la escogida.

 

A la hora de realizar esta elección, es clave considerar el talento personal, la capacidad intelectual, pues no todos estamos hechos para lo mismo, sino que cada cual tiene una misión y una tarea que realizar en este mundo.

 

Los actos y los gestos de solidaridad son realmente beneficiosos cuando de verdad sacuden nuestros egoísmos y comodidades, pero también cuando son un reto al sistema político y a la legislación vigente que provocan, amparan y dan lugar a esas situaciones que se tratan de paliar desde la solidaridad.

 

Cuando la solidaridad trata de ser verdadera y no apologética afecta al poder, a las formas de ejercer el poder, educa en sentido crítico al ciudadano y nos permite, en definitiva, vivir mejor.

 

La solidaridad pues, no es un modo de cumplir con las tareas que debería realizar la administración del Estado, sino una respuesta crítica, responsable y constante a las situaciones de miseria que se crean en el mundo. La solidaridad verdadera no es muda; tiene una vena profética y crítica.

 

Una sociedad socialmente responsable es la que, de algún modo, se arroga el derecho de hacer que sus ciudadanos sean cada vez más solidarios, y estén cada día más comprometidos con los problemas de los más necesitados.

 

Ésta es una tarea nada fácil en la sociedad del hiperconsumo (Gilles Lipovetsky dixit) en la que nos encontramos, pues ya no es el sacrificio lo que se encuentra en el centro de la existencia; sino el placer, el bienestar, el ocio, el gozar de la vida.

 

Para que la auténtica solidaridad salga a la luz, es necesario recuperar el énfasis en el sentimiento moral de gratitud, del bien por el bien, de creer que existe, a pesar de todo, generosidad, altruismo y solidaridad, más allá de la lógica utilitarista de la sociedad.

 

Como decía Paul Valéry, el futuro es construcción. No podemos prever el futuro, pero sí podemos prepararlo, porque está en nuestras manos. Será, en gran parte, lo que hagamos de él.

 

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